La prensa satírica en el México de finales del siglo XIX fue el verdadero termómetro de la resistencia civil frente a la censura velada del régimen porfirista. Periódicos legendarios como El Hijo del Ahuizote o los pequeños pasquines que se imprimían clandestinamente en los talleres de San Luis Potosí descubrieron que la caricatura y el verso de rima pesada eran armas mucho más difíciles de procesar por los jueces de imprenta que un artículo de opinión tradicional.
El chiste visual permitía comunicar la inconformidad al pueblo llano que no sabía leer los largos debates jurídicos de los diarios oficiales.
Ver al gobernador pintado con cuerpo de cacique o a los diputados locales como marionetas del presidente desataba la carcajada en las plazas y las cantinas, rompiendo por un momento el aura de infalibilidad que rodeaba a la autoridad. Los editores operaban con un pie en el taller y otro en la cárcel, cambiando el nombre del periódico en cuanto llegaba la orden de clausura.
Esta cultura de la burla impresa demostró que la risa es un instrumento de combate político de primer orden, una trinchera donde el ingenio de los periodistas potosinos logró mantener viva la crítica en una época donde pensar diferente solía pagarse con el encierro o el exilio.


