En una era que desconocía las vacunas modernas y los sistemas de saneamiento básico, la vida cotidiana en San Luis Potosí transcurría bajo la sombra permanente de las epidemias estacionales y las enfermedades gástricas.
El tifo, la viruela, la escarlatina y el temido «mal de orina» eran visitantes regulares que diezmaban a la población de los barrios periféricos y ponían a temblar a las familias del centro histórico en cada cambio de estación.
Las crónicas de los cementerios locales, como el de El Saucito, revelan que la mortalidad infantil era una realidad cotidiana que las familias aceptaban con una resignación pasmosa. Un resfriado mal cuidado o una infección estomacal causada por el agua de los pozos contaminados eran suficientes para apagar la vida de un niño en cuestión de días.
La enfermedad no era un asunto privado; alteraba el ritmo de la cuadra, que se llenaba de lazos negros en los zaguanes y rezos comunales para pedir la intervención divina. Vivir en la provincia era convivir con la fragilidad de la existencia, una realidad donde la salud era un equilibrio precario que se defendía a diario con un poco de limpieza y mucha resignación cristiana ante el destino.


