El San Luis antiguo tenía una fisonomía visual de piedra rosa impecable, pero su realidad olfativa dentro de los mercados era un laberinto denso y húmedo que delataba la verdadera naturaleza de la vida cotidiana.
Entrar al patio de abasto era someterse a un mapa de olores encontrados que cambiaba según la hora del día: el aroma penetrante de la cecina metida en sal, el olor agrio del pulque que goteaba de las barricas en las esquinas, y el perfume dulce de las frutas que empezaban a madurar bajo el calor del techo de lámina.
A esto se sumaba el olor de los animales vivos —gallinas, cerdos y mulas de carga— que esperaban en los corrales traseros del mercado, mezclado con la humedad constante de los pisos que se lavaban a baldes de agua traída de las acequias de los barrios.
La ciudad olía a comida, a sudor animal y a tierra mojada, una cacofonía olfativa que las familias decentes intentaban ignorar usando pañuelos perfumados cuando cruzaban los pasillos. Este ambiente húmedo y cargado era el recordatorio de que San Luis, a pesar de sus ínfulas de elegancia europea, seguía siendo una urbe sostenida por el comercio rudo del campo, una provincia que masticaba su realidad entre el olor a manteca rancia y la frescura de las verduras recién cortadas en las huertas de Tequisquiapan.


