En las calles de San Luis Potosí, la frontera entre las clases sociales no se medía en hectáreas, sino en centímetros de cuero. El calzado era el indicador de estatus más implacable de la ciudad.
Mientras los caballeros del centro lucían botas de piel fina importada, limpias y relucientes gracias al trabajo diario del bolero, los habitantes de los barrios periféricos transitaban con huaraches de correa o, en el peor de los casos, descalzos sobre la tierra suelta de las orillas.
El calzado determinaba cómo te trataban en las notarías y en los mostradores de las tiendas. Entrar a una iglesia con los zapatos sucios de lodo o remendados toscamente era someterse a la mirada condenatoria de las buenas familias.
La necesidad de mantener las apariencias obligaba a los potosinos a cuidar sus zapatos más que su propia salud. El calzado era una declaración de intenciones civilizatorias: llevar un zapato cerrado y lustrado era la prueba de que eras un ciudadano respetable que aspiraba al orden moderno, recordándonos que en esta ciudad de cantera, el prestigio social siempre ha empezado por saber dónde y cómo se asientan los pies.


