Las ciudades crecen. Es lo normal. Lo raro es cuando crecen sin ponerse muy de acuerdo en cómo hacerlo.
San Luis Potosí tuvo uno de esos momentos a finales del siglo XIX y principios del XX, cuando dejó de ser una ciudad más o menos contenida —con sus límites claros, sus barrios reconocibles y su lógica colonial— para empezar a extenderse con entusiasmo… pero sin demasiada planeación.
El resultado fue interesante: Nuevas colonias comenzaron a aparecer como si alguien hubiera ido colocando piezas sin ver el plano completo. Calles que no siempre conectaban, trazos que parecían improvisados y una expansión que respondía más a oportunidades inmediatas que a una visión urbana.
No era desorden total. Era algo más sofisticado: un orden parcial, suficiente para funcionar, pero no tanto como para explicarse fácilmente.
Y así, mientras la ciudad crecía, también se iba construyendo una característica que todavía conserva: esa sensación de que todo encaja… pero apenas.


