La llegada de la tradicional Procesión del Silencio de San Luis Potosí vuelve a poner en evidencia una contradicción del Ayuntamiento capitalino: el Centro Histórico puede transformarse “de la noche a la mañana” cuando hay un evento de gran magnitud, aunque durante el resto del año los problemas persistan.
El propio alcalde de Enrique Galindo Ceballos lo reconoció con una frase que, más que elogio, deja ver la realidad de la gestión municipal: “la procesión hace magia”. Según explicó, previo al evento se arregla el alumbrado público, se mejora la imagen urbana y hasta se retira el comercio informal de la ruta por donde pasará la procesión.
La declaración abre un cuestionamiento inevitable: si el Ayuntamiento tiene la capacidad de intervenir rápidamente el Centro Histórico, ¿por qué estas acciones no se realizan de manera permanente?
Durante todo el año, comerciantes, ciudadanos y visitantes han señalado problemas como luminarias apagadas, deterioro en calles y banquetas, además de la proliferación del ambulantaje en diversas zonas del primer cuadro de la ciudad. Sin embargo, estas situaciones parecen encontrar solución únicamente cuando se aproxima un evento emblemático que atrae turismo y reflectores.
El contraste resulta aún más evidente porque el propio gobierno municipal suele presumir que el Centro Histórico de San Luis Potosí se mantiene en buenas condiciones y que existe control sobre el comercio informal. No obstante, la necesidad de “limpiar” y arreglar la ruta de la procesión sugiere lo contrario.
Así, lo que el alcalde describe como “magia” termina revelando otra realidad: la capacidad institucional para mejorar el espacio público existe, pero pareciera activarse solo cuando hay eventos que demandan una imagen impecable de la ciudad.
Mientras tanto, para los habitantes del Centro Histórico y quienes lo transitan diariamente, la pregunta sigue en el aire: ¿por qué el orden y el mantenimiento no pueden ser permanentes y no únicamente parte de la preparación para un evento anual?.


