El Barrio del Montecillo no se entiende sin el ruido de los talleres ferroviarios. Durante gran parte del siglo XX, la vida de sus habitantes estaba regida por el silbato de la estación. Los ferroviarios eran la aristocracia obrera de San Luis: hombres con uniformes de mezclilla manchados de grasa que sabían que el país dependía de su habilidad para arreglar una caldera. En sus calles estrechas se hablaba de sindicatos, de viajes a Laredo y de la potencia de las locomotoras. Era una comunidad cerrada, orgullosa y combativa que forjó una identidad única en la periferia del centro.
El silencio reina tras el cierre de los talleres masivos. Las casas que antes vibraban con el paso del tren hoy miran con nostalgia los rieles oxidados. Sin embargo, el orgullo ferroviario persiste en los nietos que todavía cuentan historias de cuando su abuelo detuvo la marcha de la nación en una huelga. El Montecillo es el recordatorio de que San Luis fue la capital ferroviaria de México, un lugar donde el progreso no era una idea abstracta, sino un objeto de hierro de cien toneladas que necesitaba de manos potosinas para seguir rodando hacia el futuro.


