No hay boda potosina que se precie de serlo sin un buen asado de boda. A diferencia de otras versiones regionales, el nuestro tiene ese toque de cáscara de naranja y especias del Altiplano que lo hacen inconfundible.
Es un plato que requiere tiempo, paciencia y un toque de mano artesanal para lograr el equilibrio perfecto entre el picante y el dulce.
Es la arquitectura comestible de nuestra fiesta; un sabor que nos une con el campo y con la mesa familiar, demostrando que en San Luis la verdadera alegría siempre se comparte con un plato de barro y una buena tortilla recién salida del comal.


