Antes de que el agua llegara por tubos a cada rincón de la ciudad, las «bateas» o lavaderos de la Presa San José eran el centro de la vida social de las mujeres de los barrios antiguos. Ahí, con el agua fresca de la presa, se lavaba la ropa y se intercambiaban las noticias más picantes de la capital. Era un espacio de trabajo duro pero también de sororidad espontánea. La cultura de las bateas forjó una relación muy particular del potosino con el agua: un recurso escaso que se celebraba y se cuidaba con un fervor casi religioso.
Actualmente se pueden ver esas bateas secas o abandonadas, como reliquias de una época de esfuerzo físico que hoy hemos sustituido por la lavadora automática. Sin embargo, recordar las bateas es valorar el origen de nuestra infraestructura urbana. Fue un sistema ingenioso para aprovechar la gravedad y la generosidad de la presa en beneficio del pueblo. Hoy, el agua sigue siendo nuestra mayor preocupación, y esas piedras desgastadas por el jabón y el tallado son el recordatorio de que en San Luis la supervivencia siempre ha dependido de nuestra capacidad para organizarnos alrededor de lo elemental. Las bateas son el monumento al trabajo invisible que mantuvo limpia y digna a nuestra ciudad durante más de un siglo.


