La llegada de la American Smelting and Refining Company (ASARCO), hoy conocida como IMMSA, a finales del siglo XIX, no fue solo un evento económico; fue la transformación de San Luis Potosí en el eje industrial del país.
Porfirio Díaz, obsesionado con la inversión extranjera, le dio las llaves del estado a los capitales estadounidenses para que montaran la fundición más grande de América Latina.
Hay algo interesante en la dualidad de esta mole: por un lado, sacó a miles de familias de la pobreza agrícola para meterlas al rigor del salario obrero; por otro, nos dejó un legado de contaminación que la cantera rosa todavía resiente.
La Metalúrgica se construyó justo en la dirección donde el viento sopla hacia el centro de la ciudad. Durante décadas, los potosinos de alcurnia y los de barrio compartieron el mismo aire cargado de metales pesados.
Es el monumento más honesto al capitalismo porfiriano: una chimenea que escupe riqueza y hollín por partes iguales. Hoy, ver esas instalaciones es reflexionar sobre cómo San Luis aceptó ser el «basurero industrial» del norte a cambio de un puesto en la modernidad. Somos una ciudad que aprendió a brillar como la plata, pero con los pulmones un poco tiznados por el costo de la ambición nacional.


