En 1903, la paz colonial de San Luis Potosí fue interrumpida por un estruendo que no venía de los templos ni de las minas. El primer automóvil que pisó suelo potosino fue un acontecimiento que dividió a la sociedad: los progresistas lo veían como el carro de la gloria, y los conservadores como una invitación directa al infierno.
Pero en una ciudad diseñada para carretas y pasos lentos, el vehículo apenas podía superar los 15 kilómetros por hora sin que se le saltara un tornillo o se quedara atascado en el empedrado de la calle Zaragoza. Los caballos, que hasta entonces eran los dueños del camino, miraban con desconfianza a esa caja de metal que necesitaba más cuidados que un niño con calentura.
Sin embargo, el automóvil llegó para quedarse, trayendo consigo el inicio de la obsesión potosina por el estatus sobre ruedas. Ya no bastaba con tener una buena casa en el centro; ahora había que tener una máquina que anunciara tu llegada tres calles antes. Fue el inicio de la era de los mecánicos improvisados y de las primeras multas de tránsito que los policías de la época no sabían ni cómo redactar. Hoy, atrapados en el tráfico de la hora pico, deberíamos recordar a ese primer chofer que, con un goggles puestos y mucha fe, nos condenó a vivir el resto de nuestras vidas pegados a un volante, recordándonos que en San Luis la modernidad siempre ha tenido un precio que se paga en gasolina y paciencia.


