Mucho antes de que los sistemas de alarma electrónica y los guardias de seguridad privada vigilaran las banquetas del centro y de los barrios de San Luis, el mecanismo de defensa más eficiente de la ciudad era la mirada vigilante y ociosa del vecino de enfrente.
En una capital de provincia donde la rutina marchaba con la regularidad de las campanas, cualquier alteración en el ritmo de la cuadra era detectada al momento por las mujeres que cosían junto a la ventana o los artesanos que trabajaban con la puerta abierta.
Un rostro extraño rondando un zaguán, un carretón estacionado a una hora inusual o el ruido sutil de una aldaba forzada desataban una red de alarmas orales que cruzaba la calle más rápido que la gendarmería.
Los vecinos se avisaban de azotea a azotea o salían a la banqueta con el candil en la mano para interrogar al sospechoso con esa cortesía fría que funcionaba como una advertencia policial.
Esta seguridad basada en el mutuo escrutinio comunitario exigía, como precio obligatorio, la renuncia total al anonimato personal; pero a cambio, garantizaba que la cuadra entera cooperara en la custodia de los zaguanes vecinos, demostrando que en San Luis la mejor cerradura siempre ha sido la mirada atenta de quien vive al lado.


