El interior de una casa potosina del siglo XIX estaba regido por la austeridad material y la búsqueda de la permanencia. A diferencia de la acumulación de objetos desechables de la actualidad, el mobiliario de un hogar respetable se componía de unas cuantas piezas monumentales hechas para durar generaciones: el ropero de caoba con espejo biselado, la mesa de comedor de encino y las camas de hierro o latón que dominaban las habitaciones de techos altos.
Cada objeto poseía una función utilitaria y simbólica precisa. El baúl de madera forrado en cuero era el guardián de los documentos notariales, las sábanas de lino de la dote y las reliquias religiosas de la abuela; mientras que la alacena de la cocina resguardaba la loza de barro de uso diario y las piezas de porcelana importada que solo veían la luz en las visitas importantes del domingo. No había espacio para lo superfluo.
Los objetos se reparaban y se heredaban con la solemnidad de un título de propiedad, recordándonos que en San Luis la intimidad doméstica se construía sobre enseres pesados y previsibles, diseñados para resistir el paso del tiempo y dar testimonio de la estabilidad moral de la familia ante el vecindario.


