En el San Luis tradicional, la línea que separaba a la ciencia boticaria de la superstición popular era tan delgada que a menudo se disolvía por completo en el fondo del mismo frasco de medicina.
El ciudadano que acudía por la mañana a la botica elegante del centro a comprar jarabe de éter para los pulmones era el mismo que por la tarde recibía en su zaguán a la curandera del barrio para que le «limpiara el espanto» al hijo menor usando un huevo de gallina y rezos en voz baja.
Curarse era un ejercicio de diplomacia entre dos mundos. Se respetaba el título del boticario, pero se temía que la ciencia moderna fuera demasiado fría para entender los males del espíritu, como el «mal de ojo» o la «bilis derramada» por un coraje vecinal.
Los mismos boticarios, conscientes de la mentalidad de su clientela, incluían en sus catálogos aceites de ballena y polvos de piedra imán junto a los químicos importados de Europa. San Luis se alivió durante décadas en esa aduana de la sospecha, combinando el rigor del mortero científico con la fe del amuleto y la ramita de pirul, demostrando que en el Altiplano, la cura es más efectiva si viene respaldada por la tradición del barrio y una oración bien rezada a la sombra del patio.


