En el San Luis del siglo XIX, poseer una fotografía era la prueba definitiva de que uno había triunfado sobre el anonimato. La fotografía temprana no era un registro de la realidad, sino una construcción de la vanidad.
Se acudía al estudio fotográfico como quien acude a un tribunal a dar fe de su propia existencia elegante. El estatus se medía por la calidad del fondo pintado —que solía ser un jardín europeo que nada tenía que ver con el Altiplano— y por la rigidez de la pose, que buscaba imitar la solemnidad de las estatuas de mármol.
El fotógrafo era un mago que, mediante químicos y luces, convertía a un minero próspero o a un comerciante de telas en un personaje de novela.
Esta memoria visual era un lujo carísimo. Las familias potosinas exhibían sus retratos en las salas de las casas para recordarle a las visitas que ellos tenían los recursos para detener el tiempo.
La pose no era un accidente; era un lenguaje. Mirar a la cámara con desdén o con una mano apoyada en un libro grueso era la forma de decir que, en esta ciudad de cantera, el prestigio se construye bloque a bloque y, de preferencia, se imprime en color sepia para que no se note el paso de las deudas.


