La vecindad potosina fue, durante décadas, el sistema operativo de las clases populares. No era solo un edificio; era un organismo vivo donde la arquitectura forzaba a la gente a ser solidaria o a odiarse con una eficiencia asombrosa.
El patio central funcionaba como la plaza pública del inmueble, el sitio donde se lavaba la ropa y se desmenuzaban las reputaciones con la misma energía. En San Luis, la vecindad eliminaba cualquier rastro de misterio personal: si alguien estrenaba zapatos, la noticia volaba por los corredores antes de que el dueño terminara de amarrarse las agujetas.
Esta convivencia forzada generaba una vigilancia mutua que ya quisiera cualquier cuerpo de policía. Los acuerdos para el uso del agua o el aseo del patio eran tratados de paz delicadísimos que podían romperse por una mirada mal puesta o un niño demasiado ruidoso.
Los conflictos cotidianos eran el pan de cada día, pero también lo era la red de apoyo: se prestaba el azúcar, se cuidaba al enfermo y se vigilaba el zaguán. En estas casonas subdivididas, el potosino aprendió que vivir juntos no significa estar de acuerdo, sino haber perfeccionado el arte de ignorar lo que no nos conviene y anotar cuidadosamente lo que servirá para el próximo pleito.


