En las cantinas potosinas de antaño, el aserrín en el suelo era obligatorio y la ausencia de mujeres era la única garantía de que se podía hablar con total libertad sobre lo que no se sabía. No eran solo refugios para el consumo de alcohol, sino centros de política informal donde se decidían candidaturas municipales entre un mezcal y otro. Entrar en una cantina era aceptar un pacto de caballeros: lo que se decía frente al mostrador de madera no debía salir jamás a la plaza pública.
Eran espacios donde la jerarquía se relajaba lo suficiente para que el hacendado pudiera convivir con el empleado, siempre y cuando ambos estuvieran de acuerdo en que el gobierno era un desastre.
Los acuerdos más sólidos de la ciudad no se firmaron ante notario, sino que se sellaron con un brindis en un rincón oscuro, lejos de la vigilancia de las esposas y de la moral parroquial. Se trataba de una diplomacia etílica donde la reputación de un hombre se medía por su capacidad para sostener el vaso y el secreto con la misma firmeza. Al final, la cantina era el único sitio donde la verdad era opcional, pero la lealtad era de piedra.


