San Luis Potosí tiene una relación curiosa con la historia nacional: no siempre la protagoniza con trompetas, pero cuando el país se pone grave, esta ciudad aparece como pieza útil. Por eso el dato del calendario no es menor: el 21 de febrero de 1867, Benito Juárez regresó a San Luis Potosí, y ese retorno ratificaba el valor estratégico de la ciudad para la causa republicana, en un momento en que el Segundo Imperio ya olía a final.
Ahora, uno puede leer esto como “efeméride” y seguir con la vida. Pero si lo mira con ojos potosinos, el hecho tiene algo profundamente local: imaginar al Centro —sus plazas, su cantera, sus distancias caminables— convertido en un tablero donde se toman decisiones urgentes. Hoy nos alteramos si cierran una calle por una obra; en 1867 el asunto era otro: no era “tránsito”, era destino nacional.
Y aquí es donde entra la tragicomedia: San Luis, que tiene fama de serio, también tiene fama de aguantar. El tipo de ciudad que no hace escándalo, pero sostiene. No se trata de romantizar; se trata de entender que la historia también depende de sitios donde se puede operar, reunirse, resistir.
Así que cuando alguien diga “San Luis es bonito”, usted puede responder: sí, pero además fue útil. Y en México, ser útil en tiempos difíciles es casi un milagro administrativo.


